¿Y si nos decimos todo lo que pensamos uno de otro? ¿Y si nos liberamos de la prisión del pensamiento sin expresión oral, y lo transformamos en palabras claras, sencillas, directas y verdaderas, que pongan blanco sobre negro? ¿Y si nos despojamos de hipocresías, mentiras, recelos, bajezas, especulaciones, contubernios, insinuaciones hirientes?

¿Y si en vez de hacer de este mundo un lugar de ficción (por lo mucho que no se dice) y lo transformamos en uno real (mirándonos a la cara y sacando todo al exterior)? ¿Y si lográramos ser nosotros mismos en el decir, con aciertos y errores, dispuestos a compartir, intercambiar, aceptar la razón del otro, defender la propia, escuchar y ser escuchado?

¿Y si discutiéramos con altura, confrontáramos con pasión, debatiéramos con sentido, opináramos con solvencia? ¿Y si en lugar de imaginarnos oscuros laberintos ante el pensamiento ajeno, lográramos acudir con dignidad y respeto a conocer lo que en realidad le sucede al otro, y por qué?

¿Y si nos dejáramos de ver como competencia intelectual, rehenes de nuestras propias ideas sin sujeción a la de los demás? ¿Y si abandonamos el lugar cómodo de ser funcionales a las jerarquías que van y vienen, ese que otorga un sí fácil por inducción y no por convencimiento, ante líderes sin más liderazgo que la propia charretera? ¿Y si nos propusiéramos ponernos en la piel del otro al momento de pretender ejercer nuestro influjo sobre él?

¿Y si nos dejamos de embromar la existencia por no decirnos lo justo y necesario? ¿Y si de una vez por todas cambiamos los “y si” que formula el cerebro auto justificándose por creencias absurdas, falsas esperanzas, miedos, temores y otra situaciones que no nos atrevemos a afrontar? ¿Y si dejamos de mentirnos y nos permitimos hacer coincidir lo que decimos con lo que hacemos?